El banquete, la fiesta que se perdió Hernando de Soto
De Julio
Ramón Ribeyro a Hernando de Soto: la política peruana repitiendo la ironía de
la ficción.
Por Leonardo Serrano Zapata
En El banquete, Julio Ramón Ribeyro
retrata con ironía la historia de don Fernando Pasamano, un provinciano con
aspiraciones de grandeza, decide organizar un banquete en honor al presidente
de la República con la esperanza de obtener una embajada en Europa y la construcción
de un ferrocarril que multiplicaría su riqueza. Para lograr esta empresa,
invierte toda su fortuna en organizar una recepción fastuosa para el presidente
de la república.
Durante meses transforma su antigua casona en un
palacio: derriba muros, renueva muebles, encarga un jardín fastuoso, contrata
músicos y prepara un menú digno de reyes. La casa es remodelada, el jardín
reinventado, los vinos traídos del extranjero y los discursos ensayados con
anticipación. La promesa presidencial llega, el anfitrión celebra su inminente
ascenso social, pero al día siguiente un golpe de Estado derriba al mandatario
y deja el banquete reducido a ruinas y a una amarga lección sobre la fragilidad
del poder. Ribeyro expone con ironía los peligros del arribismo y la ilusión de
que el poder puede comprarse con ostentación.
El banquete político suspendido
La metáfora parece escrita para describir un episodio político reciente en
el Perú. La escena escrita por Ribeyro es un eco inquietante de lo ocurrido con
el economista Hernando de Soto, al igual que don
Fernando Pasamano, de origen provinciano y quien también celebró anticipadamente
su designación como presidente del Consejo de ministros con un desayuno (el
banquete) junto al mandatario José María Balcázar, a quién le entregó una lista
de ministros prácticamente definida; incluso ya contaba con la venia y
declaraciones públicas de algunos congresistas, políticos y connotados
periodistas que nos anunciaban que Hernando de Soto era “una apuesta segura”, una
orientación hacia la derecha y un conservadurismo económico que podría
otorgarle al gobierno de Balcázar estabilidad y seguridad.
A horas de la mañana; al igual que muchos periodistas, recibí la noticia, “Te
comento que renunció Hernando de Soto”, algo que desconcertó a propios y
extraños. Se hablaba de una eventual rencilla entre el economista y el
presidente Balcázar, por posibles presiones de parte del economista por copar
ministerios.
Horas después del rumor, este aparentemente se disipaba cuando De Soto
apareció en RPP Noticias anunciando que a
las seis de la tarde asumiría el cargo. Todo parecía dispuesto, el escenario
era claro, don Hernando de Soto sería el premier. Sin notar que, la ficción de
Julio Ramón Ribeyro se haría realidad, nuevamente el “banquete” no fue
suficiente, a las seis de la tarde no hubo juramentación. La designación no se
concretó. La ilusión del nombramiento se desvaneció en cuestión de horas. Quien
asumió fue Denisse Millares en lugar de Hernando de Soto.
Si en la ficción un ministro aprovecha la recepción para consumar un golpe
de Estado, en la realidad contemporánea el desenlace habría estado marcado por
la disputa de cuotas. Todo parece indicar que líder de Alianza para el Progreso, César Acuña Peralta, sería ese ministro de la
ficción de Ribeyro que terminó con la pretensión del economista arequipeño.
Acuña se habría hecho con ocho ministerios según el periodista Beto Ortiz: «Acuña
ha puesto nada menos que a la primera ministra, al ministro de Economía, al
ministro de trabajo, al ministro de Transportes, al ministro de la producción,
al ministro de salud, al ministro de vivienda y a la ministra de ambiente, ocho
ministerios, que prácticamente, como ya dijimos, hacen que Acuña sea una
especie de mini presidente en la sombra», a ello se sumaría el Ministerio
de Educación. El actual titular del MINEDU, Erfurt Castillo Vera, hasta su
reciente designación ha sido durante años catedrático en la Universidad César
Vallejo, de propiedad de los Acuña. Si se considera este elemento dentro del
mapa de influencias políticas, la cifra ascendería a nueve ministerios que
integrarían la cuota de poder atribuida al candidato a la presidencia por el
partido Alianza para el progreso, y habría sido el factor determinante que
frustró la designación del economista. No hubo sables ni pronunciamientos
militares como en la ficción, pero sí un “golpe” político: la aritmética
parlamentaria y las negociaciones suspendieron la asunción.
La ironía es contundente. don Fernando creyó que el banquete garantizaba su
embajada; De Soto pareció confiar en que el desayuno, las declaraciones
públicas y el respaldo anticipado aseguraban su premierato. Ambos actuaron bajo
la lógica de que el anuncio era casi un hecho consumado. Ambos fueron víctimas
de su ambición y de una estructura de poder que no siempre responde a los
intereses de la imagen “confiable” de un economista con contactos en el
extranjero.
Así, el Perú vuelve a parecerse a la literatura que lo interpreta: promesas
pronunciadas entre brindis, respaldos que suenan definitivos y desenlaces que
se escriben en la madrugada, cuando las pugnas silenciosas deciden quién se
sienta a la mesa y quién queda, como don Fernando, contemplando los restos de
un banquete que nunca llegó a convertirse en triunfo. Hoy don Hernando debe ver
por la Tv como Millares ocupa el cargo que él cree merecía.
El economista sale en todos los medios posibles a contar la narrativa de que
fue sorprendido, que el gabinete Millares “no garantizaría elecciones libres”
y cuanta idea se le ocurra para disimular el golpe, habla con el hígado. Y
entonces la ironía se vuelve inevitable. Tomando las palabras de la exministra
de Desarrollo e Inclusión Social, Lesly Shica —“Las fiestas que nos faltaban”— debo
decirle a don Hernando: faltaron más banquetes para cerrar el contrato y
asegurar la empresa…
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