EL PERÚ QUE DEBEMOS PRESERVAR Y EL PERÚ QUE DEBEMOS CONSTRUIR
Por Dina Boluarte Zegarra
Desde fuera, gobernar puede parecer un ejercicio de decisiones claras. Desde dentro, uno descubre que nada es simple. Cada decisión pública tiene rostros, costos y consecuencias. Gobernar el Perú es enfrentar, todos los días, un país complejo, desigual y muchas veces dividido. Quien asuma la conducción del Estado descubrirá rápidamente que el Perú no se gobierna desde el discurso fácil ni desde la comodidad ideológica, sino desde decisiones difíciles, responsabilidad institucional, muchas veces impopulares, pero, sobre todo, desde el sentido de responsabilidad y de realidad.
He tenido el privilegio, y también el enorme peso, de conducir el país en uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente. Un período marcado por polarización extrema, crisis política, conflictividad social, desaceleración económica y una profunda desconfianza ciudadana hacia las instituciones. En ese contexto, muchas decisiones debieron tomarse pensando no en la popularidad inmediata, sino en la preservación de la democracia, la estabilidad y el futuro del país.
Con el paso del tiempo, el Perú deberá evaluar este período con serenidad y perspectiva histórica. Porque más allá de las legítimas discrepancias políticas, hay una pregunta que debe guiarnos como República: ¿Qué necesita verdaderamente el Perú para avanzar?
Mi experiencia me lleva a una modesta conclusión, el país necesita estabilidad democrática, inversión, institucionalidad y capacidad de ejecución. No necesita volver a empezar desde cero ni alimentar más enfrentamientos. Tampoco necesita un Estado paralizado por el miedo a decidir.
El Perú ha demostrado durante décadas que cuando existen reglas claras, estabilidad macroeconómica y confianza, somos capaces de crecer, atraer inversión y reducir pobreza. Sería injusto desconocer que millones de peruanos mejoraron sus condiciones de vida gracias a un modelo económico abierto al mundo, complementado con políticas públicas que permitieron expansión de infraestructura, conectividad y oportunidades.
Pero también debemos reconocer algo con honestidad y capacidad de autocrítica, el crecimiento económico por sí solo no basta. Existen brechas profundas que el Estado no logró cerrar con la velocidad que la ciudadanía esperaba. Hay territorios que siguen sintiendo abandono. Hay jóvenes que perciben incertidumbre en lugar de futuro. Y cuando la política no escucha esas demandas, surgen inevitablemente posiciones extremas que ofrecen soluciones simples a problemas estructurales.
Por eso, el debate que viene no puede reducirse a consignas ideológicas. El Perú no necesita regresar a modelos estatistas que ya fracasaron en América Latina, y el mundo, pero tampoco puede conformarse con una visión indiferente frente a las desigualdades y necesidades sociales.
Es innegable, tenemos reformas pendientes que deben permitirnos convertirnos en un Estado moderno, meritocrático y eficiente. Una economía social de mercado capaz de generar competitividad y empleo formal. Instituciones sólidas que den confianza a la inversión. Políticas sociales focalizadas. Y una visión nacional que entienda que sostenibilidad ambiental y desarrollo económico deben avanzar juntos.
No hay una receta perfecta para desarrollarse, pero sí hay lecciones bastante claras. La evidencia empírica demuestra que los países que han logrado mayor prosperidad, reducción de pobreza y bienestar sostenido son aquellos que han construido tres pilares fundamentales: libertad económica, institucionalidad e innovación, es allí donde deberíamos enfocar nuestros esfuerzos.
En el Perú, debemos decirlo con honestidad, la institucionalidad y la innovación siguen siendo tareas pendientes. Nuestro Estado continúa siendo débil, lento y, demasiadas veces, condicionado por intereses de corto plazo. Nuestra capacidad de innovar, agregar valor y transformar productividad aún está lejos de su verdadero potencial.
Por eso, precisamente, mientras fortalecemos nuestras instituciones y apostamos por la innovación, no podemos debilitar el pilar que sí ha sostenido buena parte de nuestro avance, la libertad económica. Esa libertad, expresada en inversión privada, apertura de mercados, estabilidad macroeconómica y reglas razonablemente previsibles, ha sido uno de los principales motores del crecimiento peruano en las últimas décadas.
La defensa de la libertad económica no significa negar las brechas sociales ni desatenderse de quienes más lo necesitan. Significa reconocer, con responsabilidad, que no hay inclusión sostenible sin crecimiento, no hay empleo sin inversión y no hay justicia social real sin una economía capaz de generar recursos.
El Perú necesita fortalecer sus instituciones e impulsar decididamente la innovación. Pero mientras construimos esos pilares pendientes, debemos conservar con firmeza la libertad económica que nos permitió crecer y que aún puede acercarnos al país que tantas veces hemos prometido y no hemos terminado de construir.
Tengo la convicción de que el Perú necesita una sociedad cohesionada para afrontar los retos internos y globales. Hoy la inversión privada, local y extranjera, busca estabilidad jurídica, reglas claras, previsibles. El Perú tiene recursos, ubicación y talento para crecer mucho más de lo que hoy crece. Lo que necesitamos es estabilidad y una clase política que piense en el país antes que en la confrontación permanente.
Desde mi experiencia en el gobierno, aprendí además que defender la democracia muchas veces implica asumir costos personales y políticos. En tiempos de crisis, es fácil ceder frente a la presión, pero el deber de un gobernante es preservar el orden constitucional y evitar que el país caiga en escenarios de violencia o vacío de poder. Nuestra democracia no es perfecta. Pero sigue siendo el único sistema que permite corregir errores sin destruir la libertad. Por ello, las próximas elecciones deben representar una oportunidad de reflexión colectiva. No se trata únicamente de elegir personas. Se trata de definir qué tipo de país queremos construir en las próximas décadas.
Si queremos recuperar la confianza, inversión y capacidad de desarrollo, el Perú no puede quedar atrapado en la confrontación ideológica permanente. La experiencia reciente debería dejarnos una lección fundamental, ningún país puede progresar sostenidamente sin instituciones fuertes. La inversión necesita estabilidad. El empleo necesita crecimiento. Y la justicia social necesita recursos, no discursos.
Hoy más que nunca debemos rechazar los extremos y radicalismos. Tanto el populismo económico que destruye confianza y espanta inversión, como el inmovilismo político que desconoce las demandas reales de la población.
El Perú necesita menos ruido y más reformas bien hechas, y sobre todo, necesita volver a creer en sí mismo, porque a pesar de nuestras crisis, seguimos siendo una nación con enormes posibilidades. Un país resiliente, creativo y capaz de salir adelante cuando logra unirse alrededor de objetivos comunes.
Esta debe ser la gran tarea de la próxima etapa republicana, volver a juntar al Estado, la empresa y los ciudadanos alrededor de objetivos comunes, sin odio y desde la responsabilidad histórica de construir un Perú moderno, democrático y verdaderamente inclusivo.
(*) Expresidente del Perú
*Publicado por el medio La Noticia
DATO:
Abogado Juan Carlos Portugal: Ministerio Público archiva investigación contra Dina Boluarte por el presunto delito de Falsedad Genérica.
Según el comunicado de la defensa legal de la exmandataria.
Entre otras, por estas razones: 1) todas las firmas -atribuidas como falsas- corresponden a su puño y letra, sometidas a pericia, 2) no existe mandato o prescripción médica que haya determinado algún impedimento para realizar algún acto funcional durante dicho periodo; y finalmente, 3) la evidencia documental y testimonial acreditó la participación activa de Dina Boluarte en las decisiones de Estado, dentro del marco de imputación.


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