Salud y educación, debate entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez
El debate presidencial de Perú entre los candidatos de Fuerza Popular y Juntos por el Perú, dejó promesas ambiciosas, cifras llamativas en educación y salud. Aunque no hubo espacio para la cultura, una omisión difícil de justificar en un país intercultural y multilingüe.
Por Leonardo Serrano Zapata
Antes del debate del domingo 31 de mayo, las encuestadoras ya mostraban a Keiko Fujimori adelante en intención de voto frente a Roberto Sánchez.
El debate debió ser la oportunidad para ofrecerle al país propuestas concretas. Fujimori no desaprovechó el momento y mencionó nuevos programas sociales, incluso algunos impulsados por su padre. Sánchez también mencionó algunas iniciativas. Al final, cuatro candidaturas presidenciales pesan: la experiencia de Fujimori se notó durante todo el debate.
Lo que no dijo es que el Plan
Nacional de Telesalud 2026 ya existe. Que entre 2021 y 2024 el MINSA ejecutó
más de S/. 42,5 millones en equipamiento para 678 establecimientos. Que la Red
Nacional de Telesalud ya cuenta con 2,990 establecimientos activos a mayo de
2025 y más de tres millones de atenciones registradas. Que hay un proyecto de
digitalización financiado por Corea del Sur en marcha.
Roberto Sánchez propuso 500
policlínicos, brigadas médicas rurales, duplicar los centros de salud mental y
un psicólogo por colegio, algo difícil de cumplir a menos que nos explique qué
tipo de IE debe contar con un profesional de la salud mental o si lo hará por
redes educativas. También planteó elevar la inversión en salud al 9 % del PBI.
En educación, Fujimori
prometió construir y repotenciar 5,000 colegios, ampliar Beca 18, fortalecer la
alimentación escolar y saldar la deuda histórica con los docentes. Sánchez le
recordó el desfinanciamiento de las becas impulsado desde el Congreso, propuso
llevar la inversión educativa al 6 % del PBI, dar presupuesto directamente a
los Comité de Alimentación Escolar (CAE) para evitar la corrupción del programa
de alimentación escolar dirigido por el MIDIS y ampliar el acceso a la
educación superior.
Ambos hablaron como si el
Estado fuera a empezar desde cero. Ninguno reconoció que el próximo gobierno
recibirá ministerios con proyectos en marcha, compromisos asumidos y reformas
que deberá sostener o continuar e incluso un proyecto de presupuesto al 2027
casi concluido.
Hay algo que los candidatos
parecen no querer decir: la brecha de infraestructura educativa supera el 50 %
a nivel nacional. Cerrarla no es tarea de un quinquenio. Requiere inversión
sostenida durante varios períodos presidenciales y una política de Estado que
sobreviva a los gobiernos de turno. Los gobiernos regionales y locales también
tienen esa responsabilidad, pero nadie explicó cuál será su papel.
El MINEDU ya cuenta con
herramientas para avanzar: PRONIED, las Escuelas Bicentenario y las aulas
modulares trabajan hoy en reducir esa brecha. La pregunta no es si se
construirán colegios. La pregunta es si habrá voluntad política para no detener
lo que ya avanza.
Hay algo que el debate no tocó
y que resulta difícil de justificar: la meritocracia en la gestión educativa y
de salud. No escuchamos una sola propuesta sobre cómo se evaluará/metas a los
directores/gerentes regionales de educación y salud, a los directores de UGEL,
a los directores de instituciones educativas o a los responsables de las redes
y centros de salud. La calidad de ambos sectores no depende solo del
presupuesto ni de la infraestructura. Depende también de quiénes toman las
decisiones y cómo llegaron a esos cargos.
Ambos candidatos hablaron de
deuda social y mejoras salariales para los docentes, pero dejaron fuera a los
trabajadores de salud y de otros sectores. Nadie profundizó en los problemas
reales: nombramientos pendientes, beneficios para los trabajadores CAS,
modernización del sistema de contratación, formación continua, desprotección
frente a denuncias maliciosas, amenazas, y las condiciones laborales que
empujan a buenos profesionales a salir del sistema. Tampoco se habló de los
miles de trabajadores que llevan años bajo órdenes de servicio, sin estabilidad
ni derechos laborales claros.
Según la UNESCO, en varios
países de la región ya es difícil retener talento en la educación pública. El
Perú no es la excepción. Se debe incluir una reivindicación real de la
profesión docente.
Un ciudadano preguntó en el
debate: ¿Qué medidas implementará para garantizar un financiamiento adecuado y
asegurar que las universidades públicas tengan las mismas condiciones básicas
de calidad que todas las universidades? Sánchez habló de reforma tributaria.
Fujimori, de reordenamiento del gasto y Beca 18. Ninguno mencionó la SUNEDU.
Ninguno habló del licenciamiento de las universidades recién creadas, de la
investigación científica ni de los desafíos reales del sistema universitario. Esto
último resulta especialmente grave: el superintendente recién designado, según
fuentes del MINEDU y de la propia SUNEDU, enfrentaría nuevamente presiones para
ser reemplazado desde el gobierno de José María Balcázar.
Tampoco hubo propuestas sobre
educación técnica, certificación de competencias ni reinserción educativa para
los más de ocho millones de peruanos que no terminaron la educación básica. En
un país donde la informalidad es una barrera estructural, ese silencio no es un
olvido. Es una decisión.
En cultura, las señales
tampoco son alentadoras. La salida del director del Lugar de la Memoria
- en medio de cuestionamientos por una presunta censura vinculada a un libro
sobre memorias de mujeres venezolanas - reabrió un debate que nadie quiere
asumir: el de la independencia de las instituciones culturales frente a la
influencia política. Espacios que deberían preservar la memoria con autonomía
técnica y académica vuelven a convertirse en terreno de disputa. Y ningún
candidato dijo nada al respecto.
El debate también dejó en
evidencia algo que los ciudadanos merecen saber: no conocemos quién asumiría
los ministerios de Educación, Salud, Cultura o Trabajo en un eventual gobierno
de cualquiera de los dos. Esa ausencia no es un detalle menor. Es una señal.
Porque cuando el poder no muestra sus equipos, generalmente es porque todavía
está negociando qué le dará a quién.
El 7 de junio iremos a votar sin tener claro cuál de las dos opciones le ofrece al país mayor estabilidad social y política. Lo mínimo que se puede pedir es que los resultados se acepten con madurez. Iniciar una campaña de fraude sería retroceder diez años. Y el país no está para ese lujo.
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